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El libro de Pilar García Jordán:
Unas fotografías para dar a conocer al mundo la civilización de la República Guaraya, Madrid, 2009.

portada del libro Tarija en la independencia del Río de La Plata. De Eduardo Trigo En el número 7 de Bolivia Franciscana (Cochabamba, 2007, págs. 485-496) hemos presentado la obrade García Jordán Pilar: Conflictos de interpretaciones, el libro de García Jordán Pilar: Yo soy libre y no indio: soy guarayo, (Lima, 2006). El título de aquella presentación manifestaba nuestros desacuerdos con la autora sobre la  interpretación de las vicisitudes de la acción misionera franciscana. Nos parece de nuestra responsabilidad “notificar” también su último libro: Unas fotografías para dar a conocer al mundo la civilización de la república guaraya (Madrid, 2009) que, con el objetivo de ilustrar un conjunto imágenes, vuelve a tratar de las relaciones de los franciscanos con los guarayos. La publicación es coedición entre el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España y la Provincia misionera de San Antonio de Bolivia (en razón de las fotos). Es un libro de 368 páginas, de fácil lectura, que incluye al final un reporte de una abundante bibliografía e índice de nombres esparcidos a lo largo del texto. Los resultados marcan aportes definitivos de reflexión sobre el accionar franciscano en Guarayos y la superación de lecturas reductivas del universo misionero.

La fotografía como documento de vida

El estudio sobre el espacio misionero necesita considerar siempre dos aspectos, que se mueven de forma conjunta si bien no con la misma intensidad. Al caso, así como hablamos de relaciones  de los “franciscanos con los guarayos”, debemos considerar también las de los “guarayos con los franciscanos”. De hecho, no se puede entender una “permanencia” tan duradera de unos sin “aceptación” de parte de los otros. La sinergia entre los dos movimientos es diferentemente interpretada por autores modernos de características de ONGs. Los cuadros ofrecidos quieren mostrar que los franciscanos fueron al mundo indígena en nombre de un poder estatal autoritario y oscuro, y que su estada entre los pueblos originarios se consolidó entre humillantes condiciones de vida para los mismos. Se establecía así una relación entre constricciones y el pan de cada día. En tal situación la cruz habría sido la intermediaria, que no aliviaba sufrimientos sino que los justificaba.

Nos parece que la base hermenéutica de estas interpretaciones reside en la sobreposición de lo antropológico con lo histórico y en el aplicar una visión de “mundo al revés” (Guamán Poma de Ayala) al proceso de formación de la nacionalidad boliviana. La significación primera es atribuir a Bolivia una especificidad exclusiva de injusticias, atrasos, incapacidades, desastres políticos y más… sin considerar las dificultades que el país debió enfrentar como “estado” y “nación” en el dominio del territorio, dispersión poblacional, conformaciones de sociedades diferentes en los Andes y Oriente, y la falta de comunicación civil y política para consolidar una homogeneidad de derechos civiles.

La comprensión de la  actividad de la Iglesia Católica en Bolivia y su acción misionera están redactadas moviéndose en el mismo ramillete de prejuicios e incomprensiones. La dimensión religiosa de los pueblos originarios, antes juzgada con manuales iluministas y después con aseveraciones negativas de espiritualidad, se la concebía como “conciencia sumisa” de identidad personal y colectiva, y como invocación opacada a los dioses antiguos, que no respondían a las imposiciones de las nuevas situaciones de vida.  Se negaba, por tanto, una realidad de co-presencia de varios elementos como principio dinámico de un proceso histórico, en el cual la acción misionera actuaba bajo la nomenclatura de “convertirse” y de “hacerse cristiano”. En este universo, el Dios cristiano, la percepción del “hermano” y la dimensión eclesial necesariamente llevaron a un cambio de relaciones sociales. Al darse los dos aspectos era cuestión de ética social asumir unitariamente lo religioso y civil para traducirlos  en objetivos de la vida.                     

Escuela de niñas en ItaúLa complementariedad de los dos caminos “franciscanos-guarayos/guarayos-franciscanos” y la conexión entre antropología e historia como comprensión del universo misionero ha sido facilitada a la autora del libro por el objetivo de ofrecernos una muestra de 247 testimonios fotográficos. Ella ha reproducido el material respetando la sucesión de sus años de realización. En tal ordenamiento, las indicaciones de “serie”, en realidad, son temporalidades que obedecen a intenciones y circunstancias diferentes. La serie inicial agrupa fotografías de Luis Levadenz Reyes, destinadas a la exposición internacional de Turín (1898); la segunda a la estadía en Guarayos de Mons. Rodolfo Caroli, anotadas mayormente con autoría de Miguel Rojas (1918); la tercera del P. Alfredo Hoeller (1929-1939); cuarta del P. Hildeberto  Walpoth desde 1938 hasta 1950, que retrata, juntamente con algunos otros autores, la vida  guaraya y sirionó en el pueblo de Salvatierra. Cada foto está editada con indicaciones de lugar, tema, autor y fuente. La identificación de todos esos aspectos no es labor fácil. Se trata de colecciones dispersas en archivos, que no siempre llevan indicaciones de autoría, personaje y lugar. Es un rompecabezas, donde sólo unas pocas imágenes identificadas  sirven de guía segura.

El resultado es un recorrido en el universo guarayo cristiano y no cristiano que incluye: formas de vida, relaciones entre franciscanos e indígenas, arquitectura religiosa y doméstica, sistemas de cultivo, personajes franciscanos y guarayos, visitas de autoridades civiles y religiosas, ambientes de vida en la selvas y en los pueblos, acciones cotidianas de mutuas relaciones entre misioneros e indígenas, momentos litúrgicos, panoramas de ríos y de selvas, convivencias originarias de los sirionós recién agregados a la misión, artesanía, momentos de caza y otras acciones de vida cotidiana. En conclusión, las vistas ofrecen la trayectoria de una sociedad en su identidad silvícola y en los procesos de trasformaciones impulsados por la presencia de los franciscanos.

Desde el “microcosmos misional” guarayo

Templo de ItaúReportamos un título de capítulo del libro de Doña Pilar García Jordán y lo indicamos como una forma de enfrentar las relaciones entre “franciscanos-guarayos/guarayos- franciscanos”. Como es método de la autora, las páginas iníciales se detienen en descripción de los proyectos del Estado central  para la inclusión de las zonas guarayas  hasta aquel momento perdidas en amplias zonas de periferias. Una nota dramática está redactada en el “Mapa 2. Bolivia 1859”. Con secuencias de fechas se indican las pérdidas territoriales de Bolivia en los años de 1867 a 1938. La reflexión va también a que aquellos espacios no fueron de significación misionera. Por tanto, allá donde hubo una cierta formalidad de vida eclesial desde Pando, Beni, Santa Cruz y zonas chaqueñas, la presencia boliviana ha sido permanente.

La percepción del Estado, que miraba a la inclusión de la acción misional era pertinente. Donde se sobrepasó fue precisamente en la concepción de “uso” que se quiso dar a las misiones, aplicándoles una representación directa de Gobierno civil. La relación con el Estado no fue renunciada por los misioneros (dimensión de “soberanía” del Estado boliviano), pero aceptada en términos diferentes. El “cristianizar civilizando” resolvía los dos aspectos, pero manteniendo siempre la distinción entre ambos. Un punto fundamental de la iniciativa reduccional era dar a las personas un sentido de pertenencia de grupo y previsión de un mundo a hacerse dentro la “nación” boliviana. El último resultado, la autora lo identifica en la concepción de la “república guaraya” impulsada por el P. Bernardino Pesciotti.  Pilar García la connota negativamente por entenderla como una exclusividad del universo misionero. Nuestra lectura es que con tal nomenclatura se quería explicitar una identidad cristiana y civil (muy interesante la reflexión sobre los símbolos) de la “nación guaraya” en contra del proceso de colonización-asimilación pretendido por el Estado central.

Guarayos cargando cestos o “Panacús”Atravesando las diferentes épocas históricas, vuelven las característica franciscanas de estar ligadas a términos de “conquista”, “asunto civilizatorio” y de ser funcionales a los “grupos dirigentes bolivianos”. Son definiciones lingüísticas que no corresponden a la objetividad de los hechos. Las quejas misioneras en toda su trayectoria reduccional fueron siempre en contra de las injerencias de los actores locales, que querían romper la unidad del grupo guarayo. La consumación de ese proceso se dio precisamente en las contradicciones de los regímenes liberales, que “secularizando”  imponían autoridades civiles contrarias al régimen misional. El momento era de expansión de las ocupaciones de las tierras de parte de los criollos y la reacción de los franciscanos fue precisamente de defensa del derecho a las tierras de los pueblos originarios.

Según nosotros, para consolidar ese aspecto, la autora habría tenido que ampliar sus reflexiones a todo el conjunto franciscano que incluía los Colegios de Propaganda Fide de Sucre, la Paz, Tarata, Potosí y Tarija. Entre ellos había una circularidad de noticias sobre acontecimientos nacionales y departamentales. Evidentemente las circunstancias chaqueñas eran más ejemplares por los varios frentes de ocupación desde Santa Cruz, Chuquisaca y Tarija, y por el impulso estatal dado a las exploraciones al Pilcomayo (para compensar la pérdida del Litoral). Allí precisamente se inició la nomenclatura de las nuevas directivas impuestas al régimen misional. A partir del año 1873, la presencia católica era permitida sólo bajo la denominación de “parroquia”. La diferencia de ésta con la reducción era que la “reducción” incluía una dotación de tierras con presencia exclusiva de los indígenas y la parroquia era atención abierta a toda persona sin otorgación de tierras. Así tenemos que desde el Ingre hasta Cuevo no se tenía asignación de tierras para los guaraníes. Por invitación de los capitanes, el P. Doroteo Giannecchini desde los años  1880 inició prácticas ente el gobierno para la fundación de la reducción en Ivu. La desinteligencia gubernamental provocó la sublevación de Kuruyuki el 28 de febrero de 1892. Y, en secuencia continua con el proceso secularizante, siguió el despojo de las tierras indigenales y las persistentes migraciones de éstos hacia la Argentina.

Finalmente lo que interesa a Pilar García es centrarse en la experiencia guaraya, mostrada por  las fotografías. La introducción histórica abraza todo el arco que va del P. Francisco Lacueva  (1822) a la integración de las misiones guarayas en la actividad del Colegio de Propaganda Fide de Tarata (1844); su afiliación al Vicariato de Chiquitos (1930); y su fin como reducciones en el año de 1939. Sin aclarar los varios componentes del sistema reduccional en sus aspectos religiosos, civiles y culturales, la autora nos ofrece útiles diagramaciones  de elaboración personal, que divide en “Cuadros”, “Gráficos”, “Mapas” y “Planos”. Ha sido una labor de síntesis que demuestra la preocupación de ofrecernos un texto ejemplar:

Los cuadros (son 15): cuatro  se refieren a conjuntos demográficos de las misiones desde 1823 hasta 1937; cuatro de estadísticas económicas; siete de sucesiones de los misioneros guarayos desde el año 1820 hasta 1939 (incompletos los datos de incorporación a Tarata a pág. 125) y más las sucesiones de los misioneros en Ascensión desde 1841 a 1939, Urubichá 1841 a 1939, Yaguarú 1841 a 1939, Yotaú 1858 a 1939, San Pablo 1900 a 1939, Santa María 1927 a 1939, y uno sobre la división de trabajo entre hombres y mujeres guarayas.

Los gráficos (son 4): el primero muestra la población guaraya radicada en las misiones desde 1884 a 1937, el segundo la producción agrícola comunal de 1913 a 1939, el tercero  presencia de ganado vacuno desde 1908 a 1945, y el cuarto la presencia de ganado caballar y mular desde 1908 a 1945.

Los mapas (son 4): primero: Provincia guaraya  (departamento de Santa Cruz), 1999; segundo: Bolivia del año de 1859; tercero: las misiones franciscanas del P. José Cardús, 1884; y cuarto: Vicariato de Chiquitos, 1930.

Los planos (son 5) se refieren a Ascensión, 1984; Yaguarú, 1894; Urubichá, 1894; Yotaú, 1984; y San Pablo, 1902.                 

Álbumes fotográficos: prisma del sujeto reduccional guarayo                             

Ascensión de GuarayosConsideramos el conjunto fotográfico como una secuencia de imágenes de la vida real. Se presentan personajes, relaciones humanas y jerárquicas, gestos, acciones y modos de producción. A la división en “serie” podemos aplicar  un concepto de “documento”, ligado al tiempo y al espacio. Así las cuatro “series” resultan ser prefiguraciones  de momentos diferentes de la sucesión histórica de los guarayos, que va desde 1897 a 1950.

El sujeto social y religioso que reúne las diversas características es sin duda el universo de la “reducción”: muy evidente en las “series” más antiguas hasta sustancializarse en sus aspectos “elementales” en  las fotografías más cercanas a nosotros. La coordinación de las imágenes mantiene fijo el régimen de autoridad de los padres franciscanos, definidos en la legislación como padres conversores. La legitimación de su presencia es a la vez eclesiástica y civil.

La primera característica se visualiza en la “serie” que corresponde al momento de la visita de Mons. Rodolfo Caroli.

La tercera “serie” connota más naturalidad de los gestos y muestra la ampliación del espacio de la “misión” dentro del contexto reduccional. Explicamos: la “reducción” como tal no era legitimada por la sola dimensión religiosa. La “reducción” era el aspecto global, que incluía territorio, población, economía y lo cultural de la “nación”; mientras que la “misión” representaba al grupo de los neófitos, que había asumido, creencias, liturgias católicas y prácticas sociales de vida cotidiana. De hecho, tanto la reducción como la misión obedecían a una dinámica de cambios socioculturales, que podemos definir de fuerza civilizatoria.

A partir de eso se justifica la capacidad de construcciones y la organización de pueblos según arquitectura de tradición católica: centralidad del templo, plaza, casa del conversor y del cabildo, escuela, oficinas de artes y artesanías. En los aspectos de organización económica se muestra la distribución de alimentos, que era el resultado del trabajo en la estancia común. Siempre bajo las dimensiones del trabajo se derivan las actividades más propias de hombres esparcidos entre selvas y aguas. A considerarse de forma especial el sistema de autoridad indígena. Los caciques comparten acciones de prestigios con los padres conversores. Si la responsabilidad del mando correspondía a los franciscanos, éstos no habrían logrado ninguna solidez de permanencia sin el aporte de los capitanes y caciques guarayos.

Lo que es importante reflexionar es que la “reducción” y “misión” gozaban de una representatividad institucional ligada a la acción de los colegios de Propaganda Fide. Así es que justificando a la segunda, se presuponía también a la reducción. Ese principio actuó en el momento colonial y republicano hasta la aprobación por primera vez del Reglamento de misiones con participación de franciscanos y Gobierno. Evidentemente la fuerza del acuerdo nacía del peligro representado por el estatismo de las nacientes ideas liberales. Desde el Reglamento de misiones se quería custodiar los derechos de los pueblos originarios, que sostenían la reducción.    

Los colegios de Propaganda Fide fueron una innovación de la acción misionera de los franciscanos. En el año de 1622 se creó en Roma la Congregación de Propaganda Fide. Su objetivo era impulsar una  coherencia de acción y unidad de espíritu en las iglesias que iban naciendo fuera del territorio europeo. Los franciscanos fueron animadores de la nueva institución (el P. Gregorio Bolívar en 1628 escribía a la misma sobre algunos requisitos organizativos) y en 1682 fundaron en Querétaro (México) el primer Colegio de Propaganda Fide. Los papas Inocencio XI e Inocencio XII establecieron los fundamentos legislativos que daban otro carácter a las modalidades misioneras de los franciscanos en cuanto a renovación de presencia católica en los territorios de consolidación colonial y de acción entre las “misiones vivas”, allá donde todavía no había sido anunciado el Santo Evangelio. Los puntos principales de la  legislación de los colegios eran:

  1. el mandato papal y la aceptación de parte del rey de España de la nueva organización;
  2. la autonomía de los colegios de Propaganda Fide respecto al gobierno de las provincias franciscanas establecidas en el territorio;
  3. la complementariedad de renovación eclesial entre fieles y la llegada a los infieles; y autoridad plena del P. Prefecto respecto a las diócesis vecinas;
  4. la organización conventual y la preparación de los frailes para trabajar entre  pueblos originarios determinados;
  5. El colegio como organizador de la actividad misionera global,

Arqueros en la misión de San Pablo La estructuración de la vida reduccional tenía ya una larga historia entre los franciscanos. El fundador  del régimen reduccional fue el P. Bolaños en las regiones del Paraguay en los años de 1584. Las “doctrinas” no debían alejarse mucho de la misma concepción. Realizadas en los territorios altiplánicos con prácticas de agricultura sedentaria y con núcleo de personas estables, el concepto de “reducir” no cabía. Eso correspondió a las poblaciones sobre todo orientales. El colegio de Tarija, iniciando su presencia en la Frontera de Chuquisaca con proyecciones chaqueñas, replanteó tal sistema. Evidentemente eso se fue formando poco a poco y con característica adecuada a las situaciones indigenales. En los primeros momentos, la atención fue hacia un núcleo de población puesta en un espacio común agrícola y en segundo momento se implantó la organización social, económica, territorial con especificidad de relaciones dentro del Estado colonial.

El gran legislador intelectual (¿cómo no hacer referencia, antes, a la obra de Fray Francisco del Pilar?) de la opción “reduccional” de los colegios fue el P. Antonio Comajuncosa. En sus escritos El comisario Prefecto instruido, El Manifiesto…, Cartas circulares a los conversores, sostuvo que la reducción correspondía a una verdadera organización de los pueblos indígenas, apta para sus condiciones de vida y necesaria para mantener relaciones con los del “monte”. El meollo de su controversia contra el Intendente y Gobernador Don Francisco Viedma residía en la afirmación de que el sistema reduccional bajo la conducción franciscana era más adecuado que la Reforma borbónica, impuesta por el Estado colonial, en cuanto a consolidar un futuro para los pueblos originarios.

Explicamos algunas afirmaciones. El manifiesto (1811) aclara el espíritu de las reducciones. Atribuye la creación del Colegio de Propaganda Fide a la insolvencia de la Iglesia que, asentada en los territorios coloniales consolidados, había vuelto las espaldas a los pueblos originarios orientales. Su referencia va también a la reforma borbónica que, en el año de 1767 con la expulsión de los Padres Jesuitas, había vaciado los territorios chiquitanos y benianos. Siempre en la polémica con Don Francisco de Viedma, reafirmaba que el traspaso de las cuatro reducciones del Piray al Obispado de Santa Cruz con la nomenclatura de “parroquias”, separadas de la región reduccional, provocaba un gran daño a la “nación” guaraní que no debía ser dividida “ni por gobernación ni por obispado”. Y en las últimas  páginas del Manifiesto lanzó la acusación contra el régimen colonial que, para fundar la ciudad de Oran, despojó de sus tierras a los indígenas de la reducción de Centa. Juntamente al libro de Derecho eclesial y indiano (El comisario Prefecto instruido, 1803), escribió también los Estatutos del Colegios de Tarija (1801). Sobre estas realizaciones sobrevinieron las guerras de la independencia, que saquearon las reducciones  y expulsaron a sus padres conversores.

P. Bernardino Pesciotti con niños guarayos (Pilar García Jordán: Unas fotografías para dar a conocer al mundo la civilización de la República Guaraya, Madrid, 2009)A estos incalculables desastres se sumaron las decisiones del Mariscal José de Sucre referentes a la Iglesia, que suprimieron toda presencia misionera. Para lo referente a la concepción del trabajo misional del momento republicano se deben considerar las cartas del Padre Herrero que, de acuerdo con el Presidente Santa Cruz, fue a Europa a invitar religiosos para poner nueva vida en los Colegios de Propaganda Fide, que se  ampliaron a cinco: Tarija (1755), Tarata (1796), La Paz (1935), Sucre (1837) y Potosí (1853). Todos ellos trabajaron en los territorios orientales, que además de la destrucción sufrían de un vacío de presencia eclesial y de control estatal sobre el territorio boliviano. Los franciscanos volvieron a sus antiguos lugares de trabajo, retomando su tradición misionera. Ellos se presentaron nuevamente en nombre de la Iglesia. El error de los autores de la historia “laicista” es considerar a los franciscanos preferentemente como “agentes” del Estado central y no como ministros de la Iglesia.

La metodología reduccional no se refería a una sola entidad sino a más poblaciones. Aquí otro aspecto de la pelea entre el P. Antonio Comajuncosa y Viedma. Las reducciones debían constituir entre sí un sistema regional, a razón de la mutua ayuda económica, educativa y de trabajo. La unidad mínima de esa solidaridad era la combinación de tres reducciones en un espacio territorial homogéneo.  Lo que cambiaba la política franciscana era el acoso de los líderes económicos locales y el centralismo desde La Paz. Por tanto, la solución era consolidar estructuras eclesiales en los Orientes, que fueran permanentes en el futuro. El viaje de Mons. Rodolfo Caroli tenía ese objetivo. En tiempo corto crearon los Vicariatos del Beni (1917), Cuevo (1919), Chiquitos (1930), Pando (1942), Reyes (1942) y Ñuflo de Chávez (1951). Lo importante es considerar que sobre la base de la labor, mayoritariamente de los Colegios de Propaganda Fide, se constituyeron las circunscripciones eclesiales orientales.   

Conclusiones

Agradecemos a Pilar García Jordán, el haber esparcido imágenes de añoranza y estética en estructuras “elementales”: paisajes, el andar entre ocupaciones, la desprotección del grupo sirionó (con fama tan siniestra en la literatura de los viajeros) y la pobreza de personas desnudas pero siempre seguras en sus gestos. Estas imágenes, sin embargo, impactan por su carácter antropológico. Su traslación a la visión histórica, no ha provocado a la autora diferenciar al grupo guarayo del sirionó.

Grupo de indios sirionos (Pilar García Jordán: Unas fotografías para dar a conocer al mundo la civilización de la República Guaraya, Madrid, 2009)Evidentemente, las 192 páginas anteriores al álbum fotográfico dan razón del asunto guarayo, sin referencias específicas a denominaciones de etapas de desarrollo de sociedad.  Si bien este aspecto no ha sido evaluado en el escrito, resalta en la secuencia fotográfica global. En los años de 1950 aparecen los sirionós  en su realidad de vestiduras silvícolas, sus flechas y sus cabañas de palmeras y palos, y en los años de 1898 se visualizaba la realidad guaraya de Yaguarú (pueblo, templo, escuela, artesanías, actividades varias). El salto entre las dos situaciones, tan cercanas y lejanas, necesitaba una explicación. No ponerle esa explicación hace pensar que las diatribas entre franciscanos y Gobierno central fueron de pura academia civilizatoria.

Y lo determinante de la deferencia entre guarayos y sirionos ¿no estará precisamente en la experiencia de la reducción franciscana aplicada a los guarayos y no a los otros? El carácter apologético dado a las fotos de parte de los franciscanos (autores intelectuales de las mismas) era el justificar su trabajo y presencia entre los guarayos. En este aspecto, más allá del empuje, tan ideológico y tan práctico, se debe reconocer que las formalidades de las vistas no han traicionado la realidad de la vida cotidiana. Intelectualmente se propone un camino “político” al revés. Yendo los proyectos gubernamentales de La Paz a Guarayos, pasando por Santa Cruz, necesariamente se proyectaba una actitud de “conquista” o inclusión de los territorios más lejanos a la “nación” boliviana. En tal recorrido de vuelta se perfilaba el horizonte de la “soberanía”, que guiaba también a la obra misional, ¿pero, cuál inclusión?

Por tal motivo, nos hemos detenidos en esa presentación del libro: Unas fotografías para dar a conocer al mundo la civilización de la república guaraya, sobre los grandes lineamientos de la obra franciscana entre los pueblos del Oriente (y Orientes). La inserción debía respetar un presupuesto antropológico, religioso e historiográfico, que tuvo su éxito en la denominación de “República guaraya”. Todo el excurso fotográfico lo muestra. Por otra parte, el fin del sistema reduccional obedecía al principio que él era camino para otros pasos. Que la decisión gubernamental y eclesial final respetara o no los principios reduccionales es otra interrogante. Lo que se observa es que “en dimensión de costumbre”, el espíritu y las realizaciones impulsados por los franciscanos siguen presentes entre los guarayos (es el despertar de nuestros tiempos).        

Tarija, 9 de septiembre de 2009.

Lorenzo Calzavarini ofm
Director del Centro Eclesial de Documentación