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Martínez de Marigorta Jesús, De Gaceo al Beni: archivo de recuerdos
(pro-manuscrito, Trinidad, 2008)

1.	Portada del CD musical: Misiones franciscanas en Bolivia. Misa Guarayos y Misa La Gloriosa. Gurpo: Sintagma Musicum. Música del Archivo Musical de Urubichá y del Convento Seráfico de Tarixa. Repertorio grabado en la iglesia de Yaguarú, Guarayos, Santa Cruz Bolivia.El día 30 de junio, la “Imprenta Víctor Benítez” me entregó el empastado de 423 páginas, que es un manuscrito del P. Jesús  Martínez de Marigorta con el título De Gaceo al Beni: archivo de recuerdos. El texto me había llegado una semana antes en DVD desde Trinidad, residencia actual del autor. Se trataba de un pedido mío personal al P. Jesús Martínez por lo cual fui solícito en poner las páginas electromagnéticas en papel. Considero el 30 de junio de 2009 como fecha de entrada del manuscrito en el Archivo Franciscano de Tarija. De hecho, mi actuar obedecía a una urgencia. En las celebraciones ocho veces centenarias de la aprobación de la “norma vitae” franciscana por el Papa Inocencio III, como responsable de la revista Bolivia Franciscana, era mi deber recurrir a todo documento, que se conectara con la historia iniciada en el año de 1209 por el Santo de Asís.


Hace tiempo sabía que estaba en proyecto la edición del P. Jesús de parte de las autoridades de la Provincia misionera de San Antonio de Bolivia. Además otra razón me ha impulsado. El franciscanismo boliviano es multifacético y de configuraciones territoriales muy distintas. Sólo la inspiración y referencia a una única “norma vitae” hizo que la diversidad se volviera riqueza y manifestara un espíritu tan imaginativo cuanto realístico. La revista Bolivia Franciscana del año 2009 quiere expresar esos colores prismáticos relucientes desde  una indivisa fuente.

Anotamos en ella experiencias muy disímiles: una dimensión educativa en Potosí, promovida por el P. José Zampa, una presencia sacerdotal de frailes, llegados de Toscana (Italia) en el Vicariato de Cuevo-Camiri; además etapas de orden histórico con referencia al universo colonial, a la trasformaciones del pasar de los Colegios de Propaganda Fide a las responsabilidades de los Vicariatos Apostólicos en los tiempos modernos, y a la reciente organización (1984) en Provincia autónoma de la Orden de los Frailes Menores (OFM). En ese cuadro grande no podía faltar por su historia, por su composición poblacional y por sus características territoriales el Beni. Si queremos subrayar la situación geográfica de las aportaciones documentalistas de la revista Bolivia Franciscana n. 9 resultan presencias franciscanas altiplánicas, de los Valles y  del Oriente. Cada una de éstas corresponde a un imaginario sociocultural boliviano pero en tal escenario el Beni se vuelca necesariamente como entidad superpuesta. Para definirlo debemos recurrir a la combinación de dos realidades fundamentales que son las selvas y las aguas. La conjugación entre ambas da el resultado de la tierra habitacional. Más nos gusta definir al Beni en términos de un andar pre-amazónico.

El valor de una biografía

¿Cómo definiremos el género de lo escrito por el P. Jesús Martínez de Marigorta? Varias connotaciones de escritura se adaptan a la forma de redacción e informaciones del documento. La más directa es la de la “crónica conventual”. Se relatan hechos, que se trasforman en acontecimientos de vida no sólo personal sino también colectiva. Otra característica sobresaliente es la redacción de “diario de viaje” que, moviéndose en lo desconocido, descubre verdades visualizando costumbres, actitudes, formas de vida, relacionamientos entre personas y legitimidades de ejercicio de poder. Más singular sería la posibilidad de justificar el escrito a manera de “confesiones agustinianas” en el sentido que la redacción de los hechos, sea cual sea su ponderación humana, mantiene firme el agradecimiento a Dios. Se trataría de un camino espiritual en el cual cobran sentido los sucesos aparentemente desconectados de significaciones globales. Nosotros nos mantendremos firmes en una definición de “crónica” sin negar las otras posibilidades que hemos anotado. La “crónica” en el manuscrito del P. Jesús Martínez se basa en la secuencia de los acontecimientos documentados en el universo del “archivo de la memoria”.

La memoria, que se hace presente a través del “recuerdo”, muestra que el escribir retrospectivo no es volver del final al punto de inicio sino  contemplar  la propuesta inicial en su engrandecerse posterior. Es el componerse de una biografía. Más allá de mis opciones personales por esa literatura, es preciso valorar su importancia en los tiempos actuales. La biografía está circunscrita en una etapa histórica, el sujeto se mueve en ella según las ocasiones que la vida le presenta. Como en cuadro pictórico, los elementos de presencia indirecta renacen posteriormente en otras obras del artista. Por tanto, una biografía sobrevive o muere a razón de la dinámica de sus sucesos o incumplimientos. La segunda solución es en sí dramática porque proclama biografías rotas o encerradas en espacios estancados.

Lo positivo que acabamos de anotar, lo encontramos en las páginas del P. Jesús. Vicisitudes personales e historia van juntas en un camino si bien no desconocido pero sí lleno de sorpresas. A los jóvenes de hoy muchos aspectos les resultarán sorpresivos si no reflexionan combinando las virtudes personales con la historia y viceversa. La historia del P. Jesús Martínez de Marigorta comienza en Gaceo, “pequeña aldea situada a tres kilómetros de Salvatierra y a 22 de Victoria” (España). Educación y formación religiosa tienen sus raíces en una sociedad popular y tradicional con alto nivel de comprensión del pasado. Los vestigios arqueológicos y artísticos alrededor de la capilla románica dan profundidad a los sentimientos y credibilidad a las prácticas comunitarias. La invitación a la vida religiosa es extremadamente  sugestiva en tales circunstancias. El joven, nacido el 23 de diciembre de 1928, entra en el seminario de Aránzazu el 29 de diciembre de 1939. Realiza todo el periplo de preparación al sacerdocio en las casas de estudio de la orden franciscana. Son etapas marcadas después por los conventos de Forua, Zaraúz, Olite y ordenación sacerdotal, el 8 de marzo de 1952, en el Santuario del País Vasco, denominado de la Virgen de Aránzazu. En cada una de esas realidades, el P. Jesús anota los nombres de los profesores, hechos sobresalientes y las diversiones juveniles. El concepto que el lector  percibe es el de una institucionalidad franciscana fuerte, sostenida por muchos personajes y segura en sus objetivos.

Inmediatamente, la decisión de los superiores de canalizarlo hacia el Beni. La región es muy alejada de la comprensión del joven sacerdote, pero lo que importa son las motivaciones por las cuales se pasa el mar. De Bilbao a Barcelona, Cádiz, Tenerife, Santos, Montevideo y Buenos Aires. Todo el trayecto se hizo tocando conventos hispanos relacionados a experiencias misioneras esparcidas en el mundo. Una nota especial de ese mismo camino fue que la mayoría de los conventos de conjunción con las regiones del  Beni era de frailes vascos. La lejanía, por tanto se volvía entre saludos y adioses, menos desconocida en su punto final. La llegada a Bolivia usufructuó de tal volumen de informaciones. La naturalidad de la aceptación de un país de adopción más que a virtudes psicológicas se relaciona con la grandeza del lugar de formación inicial, que es precisamente el contexto cultural de la provincia franciscana de Cantabria. Aquí en Bolivia, también encontró hermanos vascos en la triangulación de Cochabamba, Copacabana y Beni. Señalamos que las primeras impresiones de Bolivia, escritas después de 55 años, marcan situaciones de realidades sin hacer referencia a la revolución del 1952 (accidentalmente recordada en la página 193). Por emblemático que resulte, percibimos sobre todo una atención directa a realidades subterráneas de la historia, a dimensiones franciscanas y proyectos eclesiales. Diríamos que el P. Jesús se ha mantenido más ligado a circunstancias de asistencia (años más tarde, pondrá especial atención a los leprosos) que a una estrategia de profesionista político.

El 13 de marzo de 1953, en avión desde Cochabamba, el P. Jesús llegó a Trinidad. No hubo hermanos a su espera en el aeropuerto. Las reflexiones sobre las situaciones de pobreza y de incomodidad le ofrecieron la medida de comparación con el mundo anterior. Se trataba de pensamientos elaborados a la puerta del Beni desde su ciudad capital, que necesariamente adquirieron sentido de interconexión con todas las latitudes. La primera constatación, confirmada por otra persona, fue: en el Beni no hay caminos carreteros. Quedaba la sensación “en loco”: calor, verdor, casas sencillas, patios con flores exóticas. Era una sumatoria de situación “agradable” (confirmada a los ochenta años de vida) que era mezcla de aceptación de lo nuevo y de añoranza del pasado.

Misioneros benianos: trayectoria eclesial

P. Jesús de MarigortaLa realidad eclesial del Beni, contra toda certificación de origen étnico de los  sacerdotes y agentes pastorales que evangelizaron aquellas tierras, muestra una connaturalidad de vida con las poblaciones del departamento. Posiblemente tal simbiosis está en el inicio del modelo reduccional, implantado por los padres jesuitas a partir de los años de 1670 hasta 1767, cuando una injusta cuanto violenta  ley del rey de España los alejó del continente latinoamericano. El P. Martínez de Marigorta, en las páginas 52 y 53, nos ofrece el largo listado de sus fundaciones.

Sabemos que llegaron después a las regiones benianas curas de Cochabamba que, contra la interpretación de René Moreno en Catálogo del Archivo de Mojos y Chiquitos, no debieron ser tan descabellados si mantuvieron el régimen reduccional. El problema residió en la ruptura de la regionalización creada por el sistema de la mutua ayuda. Además, la operación jesuítica se establecía a partir del corazón del Beni, por lo cual pudo agrupar una dimensión económica, política y de gestión de identidad a partir de la fe católica. La recomposición organizativa fue difícil. Desde las regiones limítrofes se acercaron los franciscanos de Tarata, La Paz y la Recoleta de Sucre, que concluyeron en 1917 con la creación del Vicariato del Beni.

Sin embargo, al P. Jesús no le interesan las profundidades históricas. Él se mueve según los “recuerdos”, ubicados en el archivo de “su memoria”. Las citas muy lejanas en el tiempo son referencias de apoyo para argumentaciones, escritas para resaltar heroicidades y por canalizar una imaginación muy sensitiva (lo que ojo no ve, corazón no siente). Su paladín “bibliográfico” resultaba ser Gabriel Ojeari, el indio misionero que se mantuvo firme en el mensaje recibido de su conversor, el P. Cipriano Barace, de defender a Baures contra los bandeirantes, que llegaban desde las tierras brasileras. Así, el P. Jesús  anota la batalla final: “Cincuenta embarcaciones de bandeirantes cruzaron  el Iténez y se aproximaron hasta las orillas del Río Blanco para cercar a Baures. Pero Gabriel Ojeari, genial estratega había tomado previsiones de modo que los cercadores resultaron cercados en el recodo de la Víbora” (página 352).

La autonomía de la gestión eclesial se inició con la creación del Vicariato del Beni con la Carta apostólica “Quae Catholico Nomini” del 1 de diciembre de 1917, y el  8 de julio de 1920 llegó el primer obispo en la persona del  P. Ramón Calvo. A la repentina muerte de éste, le sucedió el P. Francisco Luna en 1926. En su inicio, la extensión del Vicariato era de 340.000 Km2, subdividida en 18 denominaciones parroquiales. La Provincia Bética fue la encargada de asegurar el personal sacerdotal, que solventó invitando frailes de otras provincias de España y, entre éstas, la de Cantabria. Un libro maravilloso, en los aspectos históricos, antropológicos, humanísticos, eclesiales y poblacionales, es el del P. Santiago Mendizabal: Vicariato Apostólico del Beni: descripción de su territorio y misiones, (La Paz, 1932). En el año de 1942, las inmensidades benianas fueron subdivididas en los Vicariatos de Pando y de Reyes, quedando el Beni con una superficie de 150.686 km2 (página 50). Las responsabilidades directas de la Provincia vasca, respecto al envío de sacerdotes, se dieron formalmente el 15 de diciembre de 1955; sin embargo, ya el 15 de julio de 1951, el P. Carlos Anasagasti de la misma provincia franciscana había sido nombrado Administrador Apostólico del Beni y ordenado obispo el 13 de septiembre de 1953.

El obispo Anasagasti era personalidad organizativa. Su preocupación principal fue la de poner una infraestructura eficiente a las necesidades eclesiásticas, con la invitación a más personal religioso. Llegaron hermanos y hermanas de varios institutos de vida consagrada, que se establecieron parte en la ciudad de Trinidad y parte en las parroquias más alejadas, para  dedicarse a obras sociales y a la actividad catequética. La imagen de un obispo siempre en movimiento con su avioneta muestra la dificultad de una organización muy centralizada. Las parroquias, esparcidas entre aguas y selvas, son entidades aisladas, que quedan sin comunicación durante varios meses del año. El concepto de falta de autonomía va colateralmente al de insuficiencia, que se resuelve con la multiplicación de actividades similares en cada lugar (modelos repetitivos). Esta configuración territorial y de poblaciones aumenta los gastos económicos en todo sentido. Mons. Carlos Anasagasti pudo resolver parte de los problemas con pequeñas iniciativas de actividad económica hasta llegar a dotar de una estancia de ganado a las diferentes parroquias.

En 18 de abril de 1982, fue nombrado el obispo Mons. Manuel Aguiguren y el 25 de marzo de 1987 el obispo sucesor Mons. Julio Elías. Cambian también las relaciones con los hermanos franciscanos. Desde 1984 se constituyó en Bolivia la Provincia misionera de San Antonio, que asumía las características de su apostolado misionero tradicional, pero ya en perspectiva de disminución de personal. Una señal de arraigo y de responsabilidad hacia las nuevas condiciones del Vicariato, nació de los mismos franciscanos que, antes alojados en la casa del obispo, viven ahora en el convento de San Francisco de Asís en la ciudad de Trinidad (Nota: no es de significación menor la ordenación del P. Francisco Focardi, miembro de la Provincia franciscana de Bolivia,  a obispo auxiliar el 2 de septiembre de 2007). Páginas importantes para los historiadores futuros son los listados, que nos da el P. Jesús Martínez de Marigorta de los denominativos de las parroquias, los nombres de los párrocos, de las congregaciones religiosas, las indicaciones de las actividades y de las idas y venidas de personajes. Invalorable, en el mismo sentido, las biografías de frailes franciscanos y agentes pastorales delineadas en su secuencia de obras de bien.

Juventud misionera del P. Jesús Martínez de Marigorta

Generan siempre ternura los recuerdos de juventud sacerdotal. Por tradición, ella se vive bajo la guía de un sacerdote experimentado, que anticipa conocimientos. La previsión es la mejor forma para normalizar lo desconocido. El P. Jesús extiende en más páginas alabanzas al P. Daniel Gorostizaga. Más que anotar méritos de éste, nos atenemos a los recuerdos del joven que quiso seguir sus pasos e indicaciones apostólicas. Se inicia evidentemente con las que son las noticias de tertulias entre hermanos que viven en una misma comunidad. Lo más difícil e incomodo de la vida misionera se presentó como el más sugestivo a los 24 años del P. Jesús. Las grandes coordinadas de los ríos resultaron ser a la vez lugares de residencia de poblaciones bastante presentes en la literatura misionera franciscanas del 1800 y 1900. Son las “naciones” de los yuracarés, chacobos, sirionós, chimanes y trinitarios. La ida hacia ellos debía organizarse en “comisión”. Los caminos eran los ríos y el andar en canoa. Por tratarse de muchos días de andanzas, las previsiones incluían el tiempo de traslado, los víveres y algunas ayudas para el grupo. Evidentemente resultaba difícil prever las oportunidades a favor y desfavor. Los vacíos eran cubiertos por improvisadas cazas y pescas y por más comida “salvaje”. Las noches era obligación el fogón para defenderse de animales mayores y el mosquitero para los invisibles. El sueño estaba confiado al cansancio más que a lo sugestivo de la naturaleza.

San Javier es el viaje primigenio de la memoria del P. Jesús y el carretón la imagen de movilización para tierras y aguas. “Para llegar a esa población de San Javier había necesidad de vencer el paso de dos ríos, el Mocobí y el Mataquipiri y… unas 15 cañadas” (página 74). Para el autor, el carretón es el “vehículo por excelencia para esos lugares especiales del Beni, en estas zonas pantanosas… Al carretón lo acondicionan ordinariamente con un cuero, lo más grande posible, en la parte baja, como de cama. Para protegerse de la lluvia y del sol, le ponen dos cueros a modo de toldo protector. El carretero maneja a los cuatro o seis bueyes por detrás de ellos con chicote. Que no es otra cosa  que una correa de cuero ligada a un palo. Alcanza con el palo que tenga dos metros. El cuero prendido a él puede funcionar con otros dos metros. Las estacas laterales sirven para sujetar la carga y también para armar los cueros protectores  sostenidos por unos arcos que los aseguran a las estacadas. Los acondicionan muy bien con unos bejucos resistentes, que los obtienen de unas plantas trepadoras con los que forman  esos arcos, característicos del carretón…” (Página 75). Como primera experiencia, no fue de alegría el deber pasar los cincuenta metros del río Mocobí a nado y observar desde la orilla la fatiga de los bueyes, trajinando el carretón. Algo diferente pasó en el Río Matiquipiri cuando bueyes y carretero por separado debieron resistir a la corriente de cien metros de superficie de aguas y librarse los unos y el otro del carretón, que mal respiraba en los remolinos de las olas. A las horas nocturnas llegaron a San Javier, pero el P. Daniel siguió su destino más alejado hacia la comunidad de San Pedro. Las novedades no fueron para él, sino para el joven fraile. Los recuerdos mantienen firmes las sorpresas de las liturgias pascuales, las emergencias de la enfermedad resueltas con normas de salud de sentido común y finalmente la alabanza al caballo que lo devolvió a Trinidad.

La secuencia de los viajes del P. Jesús Martínez de Marigorta muestra la virtud de su guía (el P. Daniel), que evita lanzarlo a grandes proezas sin un entrenamiento previo. Este último es asunto del cada día en la localidad de residencia y en las cortas peregrinaciones a poblaciones cercanas. Tal fue la programación de la visita apostólica a Loma Suárez, que lo preparó a la otra de envergadura inusitada. Inusitada precisamente porque la imaginación juvenil nunca mide el riesgo de los pasos a dar. Se trataba de un camino de agua por los ríos Mamoré y Securé, señalados también con presencia de poblaciones Chimanes y Yuracarés. Los recuerdos de estos viajes empiezan siempre con los colores de la naturaleza. La canoa es en la mayoría de los casos el asiento del silencio. La atención de los que reman se centra en los volúmenes del agua, en las olas, creadas por tu andar, y por los remolinos que mueven la vida muerta del río. Otro color aun más pensativo, es la selva que te acorrala y limita tus seguridades. Es ella la que establece los varios tipos de luz. El sol del mediodía crea un espacio de omnipotente claridad, que el ocaso atenúa y esparce en  las dos orillas concentrando luz en una y oscuridad en la otra. La playa ahora es la división entre agua y selva. De ambas pueden surgir emergencias. El fogón más que cobijarte en la noche es defensa contra la misma, que repentinamente te envuelve.

Los lugares que se visitan tienen en sí el olor de la selva. No lograrás librarte de él por días. Evidentemente es suficiente encontrar una reducida población, un punto perdido en aquel universo de verde, a fin de que el peligro se normalice. Chimanes y Yuracarés son los actores de esos conocimientos. La debilidad del hombre civilizado es precisamente esa falta de dominio de la cosas, que el ser primitivo practica cotidianamente. Las dificultades sin embargo son bien remuneradas con los encuentros con las poblaciones de tradición cristiana. Normalmente los viajes misioneros están relacionados con las fiestas, que tienen sus raíces en la pedagogía de los padres jesuitas. El realce principal viene de las liturgias y de las procesiones. Se puede interpretar también como formas de celebraciones teatrales donde los mitos de los orígenes y la fe católica interpretan una realización personal de vida.
                   
Primera y segunda vez en Baures (intermezzo: Trinidad)

P. Jesús de MarigortaEn la vida comunitaria el concepto de autonomía está relacionado a una dimensión de responsabilidad. Cada cual pone su granito de arena. Así la secuencia fue de Fátima, con construcciones parroquiales, Begoña, (Begoña La Vieja: realidad comunitaria, y Begoña La Nueva: realidad educativa) y asistencia en el leprosario San Juan de Dios. La naturaleza de los cambios, el P. Jesús la connota con los tipos de movilidades en uso de los padres franciscanos: canoa, carretón, caballo, bicicleta, motocicleta, movilidad de cuatro ruedas y  avioneta. Un capítulo entero está destinado a los percances aéreos de los frailes. En avioneta “episcopal”, en el año de 1958, el P. Jesús llegó a Baures.  

De acuerdo a su forma de ser, el P. Jesús Martínez de Marigorta nos introduce a Baures con descripciones de situaciones: recibimientos, primeros contactos y necesidades apremiantes. La historiación está relatada en actitud de agradecimientos por los predecesores en el campo de trabajo. Para Baures fue el P. Constante Luchsich, fraile italiano de la provincia de Turín, que con otros hermanos inició una experiencia misionera en Bolivia. Se trasladaron posteriormente a la ciudad de Cochabamba responsabilizándose de realidades eclesiales desde Sacaba hasta el Chapare.

Los primeros problemas a resolverse son los relacionados con la casa. Más que residencia personal, la casa del sacerdote es un lugar de iniciativas comunitarias y de animación pastoral. Sin embargo, para la previsión económica la huerta está integrada a los quehaceres domésticos, así como la integración del río para un concepto de limpieza personal; y más atenciones son necesarias para los animales de corral. Un logro del bello escribir del P. Jesús son las descripciones de las vivencias en la circunscripción eclesial. Ante todo los animadores, siguen los casos de salud y la mejoría de las condiciones de vida. Lejos de las ciudades capitales departamentales, las situaciones son más dramáticas y las soluciones más difíciles, pero allí brilla la solidaridad y la cooperación en los trabajos comunitarios. Así nació el templo de Bella Vista. Los relatos se refieren a la salutación a la Virgen  “Patrona”, al techo de motacú según la forma de construcción del lugar para el templo, dormir en un establo que encerraba  una vaca indisciplinada, un viaje nocturno en carretón y con la emergencia de sustituir al carretero, los cuidados contra el tigre, las picaduras de rayas en el río y una guerrilla  “política”, que muere entre aguas y monte.

¿Cómo terminó en Bella Vista? La sucesión de los hechos fue: el P. Manuel Barrio, (desde 1952 misionero en el Beni y actualmente el más veterano de los franciscanos), en Bella Vista, el P. Rufino Madina en Baures y el P. Jesús interino en Magdalena. Los interinatos en una organización son  señales de otra destinación. Así el P. Jesús Martínez de Marigorda llegó a la ciudad de Trinidad, asentado en la curia del Vicariato del Beni. En esas casas, a la labor específica de cada sacerdote corresponden también  varios enlaces  con otras decisiones.  La persistencia en un único trabajo indica más que todo una actividad permanente en medio de lo cambiante. Lo persistente, anotado en el manuscrito se  refiere al “Asilo de ancianos”, sobre el cual se desarrolló  posteriormente la parroquia del “Sagrado Corazón”, donde las construcciones centrales se refieren a la casa, al templo y a ambientes de animación apostólica. Más relaciones de trabajos se establecieron con la asistencia a instituciones: Begoña (el internado), los militares de la “naval”, la radio emisora católica y grupos más propiamente de acción religiosa. Los agradecimientos se extienden a los varios personajes, religiosos y laicos, que hicieron posibles sobre todo las obras de caridad.

En el año de 1989, el retorno a Baures. Otra curiosidad. El P. Jesús hasta ahora nunca ha hablado abiertamente del Concilio Vaticano II. También, su viaje a los lugares de las profundidades católicas del año de 1962 (Tierra Santa, Roma, Lourdes, España, Haiti, Buenos Aires) no conectó con reflexiones acerca del evento eclesial. Juntamente a los cambios en los ambiente parroquiales, en Baures se encontró con la nueva dinámica impulsada  por el P. Pascual Barrio, su predecesor. A anotarse la presencia de las Hermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción, comprometidas en catequesis, formación en “Arte y Confección”  y atención al hospital  recién construido.  Con la llegada de las Hermanas Ursulinas (en sustitución de las primeras) el campo de acción se amplió en humanidad y territorio. Desarrollaron actividades que se ampliaron de Baures a las comunidades del campo: carpintería, ayuda económica para pequeños proyectos familiares, silos para almacenar alimentos y maquinaria agrícola. La multiplicación de experiencias de vida eclesial se concentraba en  el Consejo parroquial.

A través de esos movimientos de modernidad se encontraron las realidades más antiguas, que se refieren a las estructuras de la presencia indígena en las comunidades. La connotación de indígena se refiere al ejercicio de la lengua autóctona y sobre todo a la integración en las tradiciones que pasan bajo el mismo nombre. No se trata de ninguna sobreexposición sino el encontrar el alma del “pueblo indígena” en su trayectoria histórica. El P. Jesús nos describe esas instancias de unión social, cultural y de justicia que tienen su lugar legitimador de acciones en el Cabildo. Los resultados más visibles en cuanto a organización comunitaria son el control del año litúrgico, la participación con canto y música de su tradición a las fiestas religiosas, la enseñanza del catecismo a los niños y el cuidado de la capilla.                           

Al final de una crónica de vida

            No corresponde en esta primera lectura de la “crónica de vida” del P. Jesús de Marigorta entretenernos en aspectos literarios e históricos. Nosotros hemos delineado las virtudes religiosas, que son las motivaciones de las tantas cosas y vicisitudes presentes en la vida de un misionero. La vida que se cierra es para el P. Jesús una despedida que mantiene firmes los colores del Beni. El 5 de octubre de 2001 le dio un percance al corazón. La ida a España para la atención médica hace que la vuelta tenga como residencia el convento de San Francisco de Trinidad. Nada muere en una vida entregada,  y las últimas páginas de su manuscrito son la recopilación de un deseo para los que vendrán: salud, identidad y agradecimiento. Las páginas desde 387 a 398 son una presentación de hierbas medicinales benianas, las de 398 a 411 son transcripciones de cuentos, donde lo fantástico relata lo cotidiano en sus peligros y éxitos, y las de 414 a 424 un listado de los misioneros, que trascurrieron su vida en Beni para un recuerdo de ellos. Se cierra el final de un viaje con sabor de tierra y cielo. 
               
Tarija 9 de julio de 2009

Lorenzo Calzavarini ofm
Director del Centro Eclesial de Documentación