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TEOLOGÍA NARRATIVA
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III CONTRAPUNTO MUSICAL: LOS DIAS y SU DESTINO EN TARIJA
FOTOGRAFÍAS DE TEOLOGÍA NARRATIVA
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CRONACHE DI ESODO PASQUALE: DALL'ITALIA ALLA BOLIVIA
PARTE I. MITO E ORTODOSSIA: PASQUA 1976 TRA I TRINITARIOS
PARTE II: ALLEGORIA DELLE ANDE: IL CARNEVALE DI ORUTO 1896
PARTE III. CONTRAPPUNTO MUSICALE: I GIORNI ED IL LORO DESTINO IN TARIJA
EPILOGO: LA SANTA CROCE PRIMA E DOPO DIZIONARIO ETNOLOGICO BOLIVIANO
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PRESENTACIÓN (P. Victor Codina S.J.)
Puede resultar extraño, incluso paradójico, que un antropólogo italiano, afincado en Tarija, le pida a un teólogo español, residente en Santa Cruz, que haga la presentación de un libro de relatos antropológicos sobre diferentes lugares de Bolivia: el Chapare, Oruro y Tarija, es decir, llanos, altiplano y valles.
Pero tal vez la extrañeza y la paradoja disminuyan si se tiene en cuenta que el antropólogo es un franciscano, que no actúa simplemente como un observador de experiencias de campo sino como un actor litúrgico, que se hace presente, activamente, en las fiestas religiosas del pueblo. Sus observaciones están ligadas a diversas visitas y misiones pastorales a zonas rurales, sobre todo con ocasión de algunas fiestas. Su experiencia se convierte de antropológica en eclesial. Sus escenarios no sólo geográficos, son teológicos, situados con ocasión del calendario: Navidad, Pascua, Difuntos.
Lorenzo Calzavarini no es, por tanto, un mero prolongador de las notas de viaje que hace más de un siglo escribió y dibujó Alcides d'Orbigny acerca del territorio boliviano. Tampoco es un simple seguidor de las opiniones del antropólogo Lévi Strauss sobre la dimensión "folk" o un difusor de las reflexiones de René Zavaleta Mercado sobre la abigarrada realidad de Bolivia. Lorenzo Calzavarini además -y antes- de ser un profesor universitario erudito y competente es un sacerdote y misionero franciscano, que ha heredado de la tradición franciscana su sensibilidad por lo narrativo y lo popular. ¿No fue acaso Francisco de Asís el primero que "narró" el misterio de la navidad al pueblo de Greccio escenificando un pesebre viviente? ¿No han promovido los franciscanos el Vía Crucis, como un medio popular para seguir al Señor, recorriendo las diversas estaciones de su camino de pasión y de cruz hasta llegar al calvario? ¿No han sido los franciscanos, primeros evangelizadores de este continente, quienes intentaron narrar por vez primera a sus pobladores originarios los grandes misterios de la fe católica?
No es casual que estos relatos antropológicos tengan como título general Teología narrativa. Se trata de una teología diversa de la académica y científica, una teología ligada al sentir y a la fe popular.
Y este tema también interesa al teólogo, jesuita por más señas, que ha heredado de la tradición ignaciana una cierta sensibilidad por la historia y las culturas de los pueblos. Los nombres de los jesuitas De Nobili y Ricci, italianos por cierto, están ligados a la historia de la inculturación del evangelio en la India y China. El nombre de Pedro Arrupe está muy unido a la problemática de la inculturación en la Iglesia de hoy. Y en América Latina, los jesuitas, siguiendo pistas ya abiertas por los franciscanos, realizaron en las llamadas "reducciones", un intento de síntesis entre fe y culturas, que todavía es modélico en muchos aspectos. Concretamente en Bolivia, las Iglesias de Beni y Santa Cruz son todavía testigos vivos del fruto de las reducciones jesuíticas de Moxos y Chiquitos. Algunos de estos frutos también aparecen en las descripciones de Calzavarini.
En un estilo directo narrativo, descriptivo, casi pictórico en forma de miniaturas, Calzavarini nos presenta sucesivamente la fiesta de Pascua entre los Trinitarios del Beni, la fiesta del Carnaval de Oruro, la Navidad chapaca, la "rosa Pascua" y la fiesta de Todo Santos en Tarija. Son notas de viajero, rápidas, concisas, ceñidas, como si tuviese miedo de que se le fueran a escapar los datos. Son observaciones del paisaje y de sus personajes, completadas con datos antropológicos, sociológicos, geográficos o históricos de otras fuentes.
Pero su preocupación fundamental es religiosa, teológica: ¿Cómo han articulado los Trinitarios del Isiboro el mito primitivo con la ortodoxia cristiana? ¿Cómo es posible que los Orureños hayan realizado tan original sincretismo entre divinidades ancestrales, espacio cósmico y tradición cristiana? ¿Cómo en Tarija la Navidad integra las dimensiones humanas e infantiles del pueblo? ¿Cómo se desarrolla la Pascua en Padcaya, sumando geografía y misterio pascual. Cómo la fiesta de Todos Santos sintetiza la tradición originaria con la fe católica?
El autor muestra dotes tanto de fino observador como de conocedor de la historia y de la teología. Nunca había leído hasta ahora una explicación tan lúcida de los diversos niveles alegóricos y simbólicos del Carnaval orureño, como en este breve relato de Calzavarini, donde lo andino (In ti, Pachamama, Wari-Supay) aparece asumido por lo cristiano (Dios, Virgen María, Diablo) y la dialéctica del agua, cerros y llanura tiene su correlato, con la víbora, el sapo y las hormigas. Hay que leer este texto y dejarse penetrar por la fuerza de su colorido, por el ritmo de la música y por la danza de diablos, morenos, caporales, incas, tinkus, tobas que salen de las profundidades de la tierra y de la historia.
Lo mismo puede decirse de sus apuntes sobre la Semana Santa trinitaria, de las fiestas tarijeñas de Navidad, "rosa Pascua", San Roque, Virgen de Chaguaya y de Guadalupe y de la festividad de Todos Santos.
Y todo ello en unas secuencias narrativas, mayoritariamente autobiográficas, por los ríos del Chapare Eteresama e Isiboro, viendo cómo se cazan patos en las lagunas altiplánicas, atravesando las arenas movedizas del río Lauca, camino de los chipayas, conversando con un vendedor ambulante en la plaza de la Ranchería de Ormo que le dice que allí no hay pobres ni ricos sino sólo chipayas, aymaras y quechuas, gozando del amanecer en la plaza del Socavón de Oruro o narrando el desclavamiento de la cruz en Padcaya, escuchando los viejos violines o el silencio del Viernes Santo de los macheteros, narrando los ritos de difuntos del Todos Santos tarijeño, siempre preocupado por "preguntar a la tierra, a las cosas y a los hombres, los caminos de realización de la humanidad" .
Porque en último término, de lo que se trata es de que el pueblo realice su humanidad, viva en plenitud su existencia. El pueblo está convencido que esta plenitud sólo se alcanza en Dios y en su "Loma Santa", una vez se hayan vencido todos los lagartos, las hormigas, los sapos y la víbora, y cuando la tierra dé frutos de quinua, papas, yuca y uvas, las llanuras se cubran de abundantes llamas y vacas, cuando las minas abran sus entrañas para ofrecer ricas vetas de estaño, plata y oro. Y en todo este caminar María, Tierra y Virgen, Madre y Ñusta, tiene una función importante.
Calzavarini está convencido de que la fe popular boliviana es la que mejor ha integrado todos los elementos culturales, mucho mejor que la fe oficial, siempre más rígida, fría y normativa, formalizada lejos del pueblo. Por ello mismo la teología que mejor puede dar razón de la realidad del pueblo es la narrativa, la que parte de la misma fe del pueblo, aquella en la que el pueblo creyente no es mero consumidor sino actor. Los relatos antropológicos que Calzavarini nos describe no son la liturgia oficial de la Iglesia sino algo así como paraliturgias, experiencias populares de la fe, que se dramatizan muchas veces no en el templo sino fuera de él, en el atrio. Son experiencias liminares, ritos de entrada, al margen de lo oficial.
Y aquí de nuevo, el libro de Calzavarini entronca con viejas preocupaciones teológicas mías. Todos los esfuerzos por intentar formular, enseñar, escribir, comunicar una teología académica, occidental y moderna al uso, a la larga fracasan, pues no responden a las inquietudes del pueblo, ni a sus preocupaciones más hondas.
En cambio, la teología narrativa, hecha de pequeños relatos, de experiencias vividas, de historia y de historias, de sueños y de utopías, tiene un profundo eco en el pueblo y es rápidamente asimilada. Lo narrativo es una categoría al mismo tiempo bíblica y popular. Por eso el pueblo no necesita que la Iglesia oficial le diga que prepare el carnaval, que haga el pesebre o que ensaye el desclavamiento de la cruz. El mismo lo hace porque le interesa y porque toca a sus raíces más profundas: todo lo dispone y lo organiza a su debido tiempo, hasta el último detalle, pues se trata de algo suyo.
Frente al credo oficial que es cristológico, el credo popular es mari ano, como aparece claramente en el Carnaval de Oruro y en las festividades y cultos marianos, de Copacabana a Chaguaya, pasando por el Socavón, Urkupiña, Loreto y Cotoca.
Esto, que puede escandalizar a los que están tocados por el espíritu cartesiano de las ideas claras y distintas y por la teología del Dezinger, es fácilmente comprensible para una visión más simbólica, donde María representa el símbolo de la Iglesia, el icono de la Trinidad, ya que el nombre de María resume y encierra todo el misterio de la salvación, como ya decía Juan Damasceno.
Tal vez detrás de todo esto también existe una cuestión de género. La Iglesia oficial ha sido demasiadas veces la "religión del padre" preocupada por el orden, la ortodoxia, la estructura, la eficacia y la ley. Y el pueblo vive otros valores más "femeninos" ligados a la tierra, a la madre, a la vida, a la belleza y al amor.
¿Es puramente casual que la misma palabra "Iglesia" en todas las lenguas sea femenina y que las metáforas y símbolos eclesiales (barca, seno, casa, familia, esposa, madre, comunidad, Nueva Jerusalén, nueva Eva, Mujer Nueva, María... ) tengan connotaciones femeninas? ¿No será la fe popular una fe femenina frente a una fe demasiado machista y clerical de la oficialidad eclesial? ¿No está todo esto muy unido a la pérdida de la dimensión del Espíritu, que tiene gestos maternos de engendrar y encubar vida, protegerla y animarla con el soplo de su aliento vivificador? Necesitamos vivir la reciprocidad del género en la Iglesia y en la teología.
También la teología latinoamericana de la liberación se ha quedado un tanto alicorta al partir demasiado exclusivamente de un análisis social y económico de la realidad. Este análisis por necesario que sea, no es suficiente. Al margen y fuera de este análisis queda lo más profundo del pueblo: sus mitos, sus símbolos, sus creencias, su religión, su fe, sus esperanzas. No sólo de pan vive el pueblo.
Los pobres tienen rostro concreto, son chipayas, aymaras, quechuas trinitarios o chapacos ... Los trinitarios se identifican más por ser católicos que por pertenecer a una etnia. y el minero realiza su promesa de bailar a la Virgen, no por ser minero, sino por ser católico.
En los países pobres del Sur, lo más original y profundo no es la lógica de la razón ilustrada y moderna, sino la lógica simbólica que es integral e integradora, intuitiva y sintética, cordial y práctica, narrativa y popular, muy sincrética, con un sincretismo sano que está abierto y cada día crece desde dentro con nuevos datos. Es la razón utópica que sabe dar razón de la esperanza.
Evidentemente en este clima simbólico las fiestas alcanzan una gran importancia, pues las fiestas son una narración popular, una dramatización simbólica, alegórica y ritual del "mito", es decir, de lo más profundo de la identidad de cada pueblo. Las fiestas religiosas y cristianas no son una excepción. El hecho de que Calzavarini nos narre sólo fiestas religiosas es una confirmación de ello. Ya afirmaba Tomás de Aquino que estas fiestas tienen que ver con la fe del pueblo al decir que la fe del pueblo (Los "rudos" en la terminología de la época) se alimenta mayormente de las fiestas que la Iglesia celebra (De Ver q 14 a 11).
"El futuro está en las' raíces", afirma con razón Calzavarini. Y estas raíces míticas, originarias, coloniales y mestizas, son profundamente integradoras de ámbitos diversos, desde la ecología hasta la sexualidad, desde la geografía a la historia de salvación, desde la cultura hasta la fiesta. Por esto creemos que estas raíces podrán afrontar el futuro, si se enfrentan a él, no de forma defensiva ni acomplejada, sino de forma abierta para elaborar un nuevo sincretismo más amplio y radical.
También a nivel eclesial el futuro presenta un grave desafío: ¿cómo la fe popular podrá asumir los nuevos retos de la modernidad y los nuevos signos de los tiempos de hoy sin perder identidad, sino ganando en fuerza y universalidad? ¿Tendrán que pasar a las sectas modernas que nos llegan de Brasil, Chile o USA los que deseen abrirse al futuro moderno?
He aquí graves cuestiones abiertas para seguir pensando, pero que no se resuelven negando la teología narrativa ni la fe popular, ni relegándola al terreno del folklore turístico, ni volviendo a imponer la religiosidad oficial de forma autoritaria.
Calzavarini nos ha descrito la fe popular de segmentos del mundo rural. Pero ¿cómo ha de poder vivirse la fe en Bolivia en las ciudades, donde lo urbano y moderno occidental y secular invade y destruye las culturas más originarias rurales y populares? He aquí una cuestión que pediríamos que Calzavarini siga investigando en el futuro.
Por último, la paradoja de esta presentación y de todo el libro es que extranjeros hablamos del pueblo y de sus tradiciones culturales y religiosas, sin que el mismo pueblo tenga todavía acceso a la palabra. ¿Cuándo llegará el día en que el mismo pueblo no sólo celebre sus fiestas tradicionales sino que sepa dar razón de su fe y esperanza y nos manifieste su secreto misterio?
Pero mientras no llegue este anhelado momento, preparamos sus caminos y conozcamos mejor su fe popular.
Junto a la selva verde, en la otra orilla del río Eteresama nos espera una canoa con dos hombres y un muchacho. Subamos allá y empecemos el recorrido que nos llevará a San Miguel del Isiboro, a Oruro y a Tarija. Llueve, pero no nos arrepentimos de iniciar este recorrido.
Iniciemos este Éxodo con el pueblo viajero, llevados de la mano -y del corazón- de Lorenzo Calzavarini. "Ser cristiano y ser viajero son dos formas de un único camino".
Víctor Codina s.j.